La Bella Otero

La Bella Otero fue una bailarina, cantante, actriz y cortesana española, afincada en Francia, así como, uno de los personajes más destacados de la «Belle Époque» francesa, tanto en los círculos artísticos,  como en la vida galante de París.

Nació en Valga (Pontevedra), el 4 de noviembre de 1868 y murió en Niza, el 12 de abril de 1965.

Se crió en el seno de una familia muy pobre, que no pudo darle educación y de niña sufrió una agresión sexual, que marcó su vida para siempre.

Con 14 años dejó su Galicia natal para buscarse la vida.

Después de malvivir durante un tiempo haciendo todo tipo de trabajos de baja índole, fue descubierta por un americano rico, que la encumbró, tanto a nivel económico, como cultural.

A partir de entonces, vivió de su arte y utilizó a los hombres que pasaban por su vida, llegando a ser muy rica.

Fue la primera artista española reconocida internacionalmente.

A pesar de no haberse preparado técnicamente ni en danza, ni canto, ni ninguna otra disciplina artística, La Bella Otero, supo conjugar su talento con su hermosura y su gracia, para conquistar al público y sobre todo, la parte masculina del mismo.

Sin embargo, se retiró de su carrera a los 47 años, y se dedicó a dilapidar su fortuna en el juego de azar, hasta caer de nuevo en la
miseria más absoluta, hasta la muerte.
Su carisma provocó la admiración en su época, y con el paso del tiempo, se ha convertido en un mito, generando gran interés y siendo motivo de inspiración de compositores y artistas.

En esta página, se intentará ser fiel a la realidad de lo que fue «La Bella Otero», ya que su figura está plagada de falsas leyendas.

Por una parte se contará su historia, así como la influencia que ha ejercido en la posteridad, poniendo especial énfasis, en la obra que el Ballet Nacional de España ha dedicado a esta artista española.

Biografía de La Bella Otero

Infancia

Su nombre de pila fue Agustina Carolina del Carmen Otero Iglesias.
Hija de madre soltera, junto con otros cinco hermanos, fue gemela de una hermana llamada Francisca, y según las habladurías, nunca se conoció al progenitor de ninguno de los niños, aunque se decía que pudiera ser el párroco del lugar.
Su nacimiento tuvo lugar el 4 de noviembre de 1868, en una aldea de Pontevedra llamada Valga.
A pesar de ser criada en la miseria y de no haber tenido educación académica alguna, fue una niña alegre y vivaracha.
A sus diez años de edad, cuando volvía una tarde hacia su casa, fue violada brutalmente por el zapatero de la localidad. La agresión fue tan salvaje, que quedo inconsciente y gravemente herida, hasta el punto de tener que ser trasladada al hospital.
Tras este altercado, su imagen quedó manchada ante el vecindario, el cual la tachó de provocativa y la estigmatizó para siempre, por haber perdido su virginidad en tales circunstacias.

Adolescencia

Al cumplir los 12 años, Agustina no soportaba más el rechazo y abandono de su familia tras la desgracia acaecida, cuando pasó por Valga un teatro de cómicos portugueses, donde conoció a Paco,  barcelonés de 15 años. Se hicieron amantes y huyeron juntos, de manera que Agustina dejó atrás todas las habladurías y miserias, y cambió su primer nombre por el segundo, Carolina.
Paco la enseñó a bailar flamenco y a cantar, así como la introdujo en la prostitución, hasta que un día, la joven de 15 años cayó muy enferma, y el médico que la atendió se escandalizó de su estado y su forma de vida a edad tan temprana, denunciando el hecho a las autoridades, quienes la devolvieron a su pueblo natal.
Sin embargo, su madre la rechazó por estar embarazada y ella volvió a irse para nunca más volver.
Buscó a Paco y lo encontró en Lisboa, éste la ayudó a abortar con una curandera que la acabó dejando estéril, según ella misma contó después en sus memorias.
Tras este episodio, dejó a Paco y se fue a Barcelona.

Juventud

En Barcelona se defendió como pudo de la dureza de la vida y de la persecución de Paco, pero estando un día actuando como cupletista en «El Palacio de Cristal», mezcla de casa de citas y juego, conoció a su nuevo amante, un banquero que la libró de Paco y le facilitó el camino hacia Francia, donde debutó como bailarina andaluza en Marsella, simulando ser de origen gitano. En esos tiempos, el canon de belleza que gustaba al público encajaba muy bien con la estética de la mujer andaluza, que Carolina portaba a la perfección.
Aunque ella no era bailarina profesional y no conocía las técnicas de dicha disciplina, su arte era instintivo, y sus danzas se mezclaban con el flamenco, el fandango y otros estilos más exóticos.
Todo esto acompañado de su belleza inigualable, la llevó a alcanzar el éxito por donde quiera que iba.
Aunque gozaba de la gran fortuna de su amante, no tardó en dilapidarla en los casinos de Montecarlo, dejándolo en la ruina y abandonándolo, ya que el exbanquero no podía seguir el nivel de vida que ella requería. Siguiendo esa dinámina, Carolina Otero, interpretó como la mejor actriz, el papel de una dama sin escrúpulos, que con su magnetismo y las artes de la seducción, logró coronarse con las grandes fortunas y la eterna devoción de los más influyentes aristócratas y empresarios de la época.

Salto a la fama

El verdadero creador de La Bella Otero fue Ernest Jungers, un norteamericano millonario que se enamoró perdidamente de ella, asignándole tutores de danza y canto, facilitándole el acceso para aprender modales e idiomas, e inventándole una glamorosa biografía acorde a su imagen de exótica belleza española.
Y para borrar su triste pasado, el empresario abandonó su vida y su familia anterior, entregándose a La Bella Otero, hasta encumbrarla a los carteles de los teatros más prestigiosos.
Con poco más de veinte años, Carolina ya tenía una personalidad artística, llena de erotismo y sensualidad, que la llevó a triunfar en el cabaret más famoso de París «Folies Bergère».
Y de ahí a realizar giras internacionales por el mundo, incluida la ciudad de New York en 1890, donde la recibieron entre montañas de flores, apareciendo en las crónicas del momento, como condesa o esposa de un aristócrata italiano, y otras leyendas que fueron forjando el prestigio de la artista, desde Europa hasta Sudamérica.
De esta forma, se constituyó en la primera española que consiguió éxito internacionalmente.
El ritmo desenfrenado de su vida, terminó por arruinar de nuevo a su amante y mecenas, Ernest Jungers, al que abandonó sin familia ni dinero, en una triste pensión de París, dónde él terminó, abriendo la llave del gas para acabar con su vida.

La Bella Otero cumple los 30 años.

Parece ser que en 1898, se celebró una  reunión de personas de la realeza en el café de París, con motivo de cumplir 30 años la escultural Carolina. Este encuentro se ha hecho muy famoso y se ha magnificado bastante.

Sin embargo, todo indica que tuvo lugar, efectivamente, pero ni los comensales eran los que se decía, ni eran tantos como se contaba. Estaban el príncipe Nicolás de Montenegro (quien, por cierto, había llegado a regalar a la Otero, una joya de la corona de su pequeño país, lo cual le proporcionó al mandatario algunos conflictos de Estado); también acudió el príncipe Alberto de Mónaco; el gran duque Nicolás Nicolaevich de Rusia (no es lo mismo que el zar Nicolás II); además del príncipe de Gales, Alberto Eduardo, que sería más tarde Eduardo VII de Inglaterra, y estaba, eso sí, Leopoldo II de Bélgica. Ni estaba Alfonso XIII ni el emperador Guillermo II de Alemania, aunque con éste había tenido la Bella, sin duda, intimidad y aventura, ya que se refería siempre a él llamándole, Willy.

En definitiva, esta extraordinaria mujer, tuvo a sus pies a reyes, príncipes y grandes magnates; de hecho, por ella se arruinaron algunos y otros se suicidaron; llegando a poseer joyas valiosísimas; vistiendo  chalecos bordados en diamantes y jugando en los casinos de moda miles de francos y hasta de dólares.

Todo su carisma la ha hecho merecedora de representar  a La Belle Époque en todo su esplendor.

Triunfo

La Bella Otero siguió triunfando como  como bailarina y cantante y hasta llevó a cabo su sueño de ser actriz, representando a Carmen de Bizet y algunas piezas teatrales.
Sin embargo, su verdadero éxito lo tuvo siempre entre los hombres más prominentes de su tiempo, ocupando una posición estelar durante la Belle Époque. Según ella misma llegó a asegurar, entre su corte de amantes, se encontraban personajes tan influyentes, como el político Aristide Brian, el príncipe Nicolás de
Montenegro, también el príncipe Alberto de Mónaco, el gran duque Nicolás de Rusia, el futuro Rey Eduardo VII que era príncipe de Gales en esos momentos, y el rey Leopoldo II de Bélgica, el emperador Guillermo II de Alemania, otro rey, el  español Alfonso XIII, y muchos más, de entre los cuales, al menos otros cinco hombres desesperados, que como Mr. Jungers, también se habrían quitado la vida por ella.

Esto le valió el apodo de «Sirena de los Suicidios».

Aún así, y según ella confesó más tarde, nunca llegó a disfrutar de todos esos encuentros amorosos, debido a su frigidez, la cual es probable que estuviera generada por el traumático episodio que sufrió en la infancia.
A pesar de que los hombres siempre la agasajaron con variados y valiosos regalos, llegando a acumular un tesoro en joyas, nunca llegó a enamorarse de nadie.
No hay duda de que los hombres caían rendidos a sus pies, despertando admiración y pasiones, por donde pasaba. De hecho, las cúpulas del hotel Inter-Continental Carlton de Cannes, están inspiradas en sus pechos, por capricho del arquitecto que las diseñó, uno de sus admiradores más rendidos. Toulouse Lautrec le dedicó un retrato, al igual que Julio Romero de Torres, y a José Martí le inspiró algunos de sus versos.
También fue amiga íntima de la gran novelista Colette, quien hace mención a la artista en uno de sus libros.
Pero a fín de cuentas, tan sólo el juego la excitaba, ni su éxito, ni sus posesiones, ni sus amores, consiguieron retirarla de su fascinación por los juegos de azar.
Aunque La Bella Otero llegó a reunir una fabulosa fortuna,  en 1910, cuando tenía 46 años y en pleno auge de su belleza y su carrera, decidió retirarse en busca de paz.

Declive

Su retiro la llevó a refugiarse  en Niza, cerca del casino de esa ciudad, y del casino de Montecarlo, perdiendo en esos lugares su soberbia fortuna, paseando por las mesas de juego con su impecable porte, mostrando sus lujosos vestidos y sus valiosas joyas. Pero, poco a poco, sus perlas y diamantes, fueron quedándose en el casino, para saldar las deudas del juego, que iba acumulándose.
Así perdió todo lo que tenía, incluidas sus amistades, hasta llegar a verse emprobrecida y desterrada de los salones de los casinos. Ya no hubo más botones que abrieran las puertas a su paso, ni hombres rendidos a su majestuosa presencia.
A raíz de esto, se fue a vivir a un hotel de estudiantes en Niza, pero sus ingresos seguían mermando, y el casino de Montecarlo, le facilitó una pensión y un piso en Niza, en agradecimiento a lo millones de francos, que se había dejado en su establecimiento.
Pasó sus días casi en la indigencia, dando de comer a las palomas y paseando sola. Hasta que llegó un día en que dejó de salir a la calle, y tenían que facilitarle los víveres en un cesto atado a una cuerda que pendía de su balcón.

En 1926 se decidió a escribir sus memorias.

De manera que, dictó «sus memorias» a Claude Valdemont, el cual las plasmó en el libro titulado «Les souvenirs et la vie intime de La Bella Otero», que constituyeron una mezcla de verdades y mentiras, con las que ella vivió hasta casi creérselas, desde que se convirtió en Carolina Otero.
Hasta que un día, a los 87 años, se vió abocada a acudir a la Seguridad Social francesa, para pedir una ayuda y al presentar su partida de nacimiento, se descubrió, que tanto su orígen gitano y andaluz, como tantas otras mentiras de su pasado, habían sido tejidas a lo largo de su existencia, para tapar y adornar su amarga infancia.

Muerte

El 10 de abril de 1965, con 96 años y mucha vida a sus espaldas, Carolina Otero falleció sola, de un infarto fulminante, en su humilde piso de Niza. Tan solo tenía 60 francos, que donó a los más desfavorecidos de su Valga natal.
En el cementerio de Niza, al entierro de la mujer que había enamorado al mundo con sus bailes y su exótico pasado, solo acudieron unos cuantos crupieres del casino para despedirla.  Con ella se acababa definitivamente esa única y utópica Europa de la Belle Époque, representada  por los sensuales movimientos de una misteriosa mujer, que embrujo a la sociedad parisina, con un pasado inventado, para ocultar no sólo su trágico suceso de la niñez, sino también sus orígenes,  extremadamente humildes.
Muchas biografías, películas u otros trabajos, en torno a su  persona, tienen datos inexactos y hechos que nunca sucedieron de verdad. Por lo que, no hay personaje, que acumule  más embustes en su biografía que ella. Tristemente esta mujer nunca fue libre, ni del destino, ni de su grave adicción al juego y al dinero, lo cual la volvería vulnerable y la abocaría a la soledad y al olvido.

La Bella Otero como inspiración

Julio Romero de Torres retrató a La Bella Otero

Carolina Otero fue retratada por el pintor Julio Romero de Torres, allá por 1914, quién tituló su cuadro como «Carmen Otero».
Dice la copla que «Julio Romero de Torres pintó a la mujer morena, con los ojos de misterio y el alma llena de pena» y eso es claramente, lo que nos muestra este retrato, pues tanto los ojos, como el rictus de su boca, como la postura de su cuerpo, parecen enseñar el interior del alma torturada de esta mujer.
Tocada con peineta y mantilla, denota una exquisita elegancia, que se acentúa en la sensual caricia que sus largas manos conceden al delicado encaje.
Al fondo, se vislumbra uno de los famosos «lejos» de Romero de Torres, un paisaje sombrío con un árbol solitario que  recuerda la soledad por la que atravesó la Bella Otero rodeada siempre de admiradores dispuestos a sacrificarse por ella a cambio de una mirada, o un roce.

Memorias y Contra-memorias de La Bella Otero

Cuando La Bella Otero ya llevaba más de 10 años retirada de los escenarios y vivía en Niza, oscuramente, arruinada, ya que sus joyas y su gran fortuna habían ido desapareciendo en las mesas de juego del casino, alguien le aconsejó que escribiera sus memorias.

En 1926, se reunió con el escritor Claude Valmont y le fue dictando «sus memorias», con los detalles que ella había forjado en su mente a lo largo de los años. El libro escrito en francés se publicó como, Les souvenirs et la vie intime de la Belle Otero, presentada y redactada por Claude Valmont.

“Mi vida ha sido una larga sucesión de aventuras, entre ensayos, funciones, giras, cenas, fiestas, homenajes y súplicas de enamorados de todas clases. ¡Cuántos hombres he visto suspirar, llorar, exigir…!
Todos llevaban esa máscara del deseo que les transforma el rostro, con arrugas en la frente y ese rictus en la boca… Seductores bruscos o tiernos, sátiros irónicos, algunos tímidos y torpes, otros lanzados y juguetones, hombres ricos y satisfechos que podían pagar sus caprichos y no admitían negativas, viejos ávidos con la falaz esperanza de vibrar una vez más con la pasión de sus años mozos…
Todos niños enfermos que concedían demasiada importancia a lo que no podían conseguir y se exaltaban, hasta el punto de preferir la muerte al sufrimiento que produce un deseo insatisfecho. A todos les he visto egoístas y gozadores, dispuestos a cualquier sacrificio con tal de satisfacer su deseo, pero incapaces de ofrecer un gesto de verdadera bondad y de amor.”

En estas memorias cuenta la leyenda que ella inventó.

Ella misma decía que era hija de una gitana guapísima y de un oficial griego, aristócrata, que, loco de amor, había raptado a la gitana y más tarde se había casado con ella, historia romántica y bohemia que pasó como la verdad histórica sin controversia hasta que la ruina total, la miseria cada vez más angustiosa obligan a la anciana, ya con 87 años, a acudir a la Seguridad Social francesa para solicitar una pensión. Naturalmente, para ello se le exigió un certificado de nacimiento, y esto fue el principio del fin de la leyenda. En 1955 la anciana escribe al alcalde de Valga, su pueblecito natal, para pedir el certificado que se le exigía. 

El texto íntegro de esta carta lo publica el escritor americano Arthur H. Lewis en su libro titulado La Bella Otero (1967), en el cual, tras minuciosa investigación, habiendo incluso visitado el pueblo de Valga y hablado con los escasos supervivientes que habían conocido a Agustina/Carolina, logra deslindar leyenda y biografía, fantasía y realidad en la vida de esta mujer. 

En su libro, Lewis cuenta que La Bella Otero era una belleza de cabello negro azabache con un cuerpo magnífico. Exudaba sexo. Emperadores y reyes, nobles y millonarios competían por el privilegio de comprar sus favores. Había nacido en la pobreza más abyecta, ganó una fortuna de $ 25,000,000, lo despilfarró todo en las mesas de juego y murió muy anciana, sola y sin un centavo.

«O solpor da cupletista» de María Xosé Queizán

María Xosé Queizán nació el 5 de febrero de 1939 en Vigo (España). Es escritora, catedrática de lengua y literatura gallega, y figura relevante en el movimiento feminista en España.
El libro «O solpor da cupletista» nos narra la vida de una de las más grandes y más desconocidas artistas españolas, desde un punto de vista íntimo y personal, sin entrar en los detalles más famosos de su vida. La narración empieza en el final de la vida de la artista, y se va abriendo desde su infancia hasta el punto más alto de su fama, centrándose sobre todo en sus primeros años y en su adolescencia. Nos desvela la vida «real» de la gran estrella, una vida que ella misma se encargó de olvidar debido a su terrible infancia.
Este libro también nos hace un retrato de la sociedad de finales del siglo XIX y principios del XX centrándose en la figura de la mujer, porque si era difícil ser mujer en aquella época, más lo era si se era pobre e independiente.
Así mismo nos muestra, como nacer pobre y ser bella a finales del siglo XIX era un castigo para muchas niñas. Para la pequeña Agustina así fue. Excluida desde pequeña por su entorno (su madre era madre soltera y seguramente prostituta), Agustina se crió de manera salvaje por los montes aprendiendo de su única compañía, los animales. Violada a los once años, debe marcharse de su aldea ya que la acusan de provocar a los hombres, ¿cómo se atreve a ser pobre y ser tan bella?
Este será el principio de una nueva vida para Agustina. Sobre ese gran odio ella cimentará su vida, la hará continuar. Iba a ser adorada y querida, lo que nunca había sido, a través de lo que más deseaban los hombres, su sexo. Pagarían un precio alto por tenerla, aunque lo que nunca supieron es que nunca fue de nadie, los hombres para ella, no significaban más que dinero.

La Bella Otero era una gran vedette.

Y también era una gran actriz que supo vender la frivolidad como nadie, siempre rodeada de lujos y de ricos amantes, vendiendo ilusiones y alimentando su leyenda entre mentiras de un pasado exótico para así, entre las joyas y los grandes casinos, olvidar su pasado.
A pesar de parecer tenerlo todo, la soledad la condujo a los casinos, con su único amor: el juego. De ser la más cotizada estrella a terminar los días sola y arruinada en un siempre recordar que «el pasado siempre fue mejor», anclada en los gestos de estrella de otra época, porque lo que importa y siempre importó fue el gesto, la apariencia. El ocaso de una estrella que vive anclada en los recuerdos y que resulta triste y a la vez patético.

La autora, María Xosé Queizán, nos hace testigos de la durísima realidad de una época no muy lejana, de una manera muy realista, sin tomar partido, solo relatando unos hechos que en aquel momento eran considerados normales; quizá esto nos choque más que si hubiese adoptado una posición claramente en defensa de Agustina. A lo mejor es lo que pretende, impresionarnos con la normalidad con la que cuenta los hechos, para que así podamos separar la parte sórdida y famosa de la historia de la Bella Otero, de la historia de una mujer que luchó contra un destino, que le era impuesto por haber nacido mujer y pobre.

«La Bella Otero» de Carmen Posadas

Carmen de Posadas Mañé nació en Montevideo (Uruguay) el 13 de agosto de 1953. Es escritora uruguaya nacionalizada española, y escribió «La Bella Otero», que vió la luz en España y Latinoamérica en 2001 a través de la editorial Planeta, y después siguió editándose en muchos otros paises de Europa.

Desde una vieja pensión de Niza la voz de Carolina Otero, la Bella Otero, recupera su pasado.

Un pasado marcado por una violación, cuando, con diez años, aún se llamaba Agustina, y que ha sido tan modelado según las conveniencias del momento que ni la misma Bella Otero puede distinguir el mito de la persona. Inventó sus orígenes, cambió su nombre por el de Carolina, incluso quedó embarazada en su imaginación.

Todo ello sirvió para alimentar el deseo sexual en los hombres, la envidia en las mujeres y el escepticismo de sus rivales, que se preguntaban cuál era su encanto. Carolina Otero los recuerda a todos mientras se embellece para no defraudar al cortejo fúnebre que descubrirá su cadáver.

Carmen Posadas ha investigado en profundidad la vida de la Bella Otero.

Ha contrastando su testimonio con el de los que la conocieron, para concluir que cualquier parecido entre el mito y la realidad es mínimo.

Cerca de los noventa y siete años y completamente arruinada, Carolina Otero cree que ha llegado el momento de su muerte.

Así lo indican la procesión de fantasmas y recuerdos que ella siempre ha procurado evitar y que durante dos días la visitan. Jugadora empedernida, hace una nueva apuesta, esta vez consigo misma: la Bella Otero estará muerta antes de que alumbre el día. Pero la muerte, como la ruleta, no se comporta como esperan los jugadores.

Con este juego literario a medio camino entre la biografía y la novela, Carmen Posadas nos cuenta la historia de uno de los personajes mas fascinantes de su época, que dilapidó su enorme fortuna en dinero y joyas, regalo de sus amantes, calculada en unos 68 mil millones de pesetas al cambio actual.

«Mis aprendizajes» de Colette

Sidonie-Gabrielle Colette nació en Saint-Sauveur-en-Puisaye, el 28 de enero de 1873 y murió en París, el 3 de agosto de 1954.
Conocida como Colette, fue una novelista, periodista, guionista, libretista y artista de revistas y cabaré francesa.
Adquirió celebridad internacional por su novela Gigi, de 1944, que fue llevada al cine por Vincente Minnelli en 1958. Siendo miembro de la Academia Goncourt desde 1945, llegó a presidirla entre 1949 y 1954. Fue condecorada con la Legión de Honor.

Colette supo exaltar en sus novelas el alma femenina, con su singular uso de las imágenes y un estilo atrayente y plagado de sensualidad.
En ‘Mis aprendizajes’ nos ofrece el retrato de su propia alma, cuando sólo era una muchacha, al evocar el tiempo vivido en su matrimonio con el escritor Willy, quince años mayor que ella y al que a lo largo de la obra no deja de llamar, quizá por la distancia que siempre mantuvieron, monsieur Willy.
Colette hace un repaso de los personajes, algunos tan conocidos como Debussy o Mata Hari, que puntearon aquellos años de su existencia en aquel ya mítico París de principios de siglo.
Con su genuino estilo, la autora crea un magnífico retrato del ambiente de bohemia en el que se movían los artistas e intelectuales de la época y, tal como ella señala en un momento de la obra, ‘Mis aprendizajes’ se convierte también en un álbum de ‘retratos indelebles reunidos al azar por mi memoria’.

Carolina Otero fue gran amiga de Colette, la cual recoge en su libro «Mi aprendizajes» que sus senos “eran de forma curiosa, recordando a limones alargados, firmes y con pezones dirigidos hacia arriba”.

Otras publicaciones sobre La Bella Otero

Se han escrito muchas novelas, biografías, artículos, críticas, etc., sobre «La Bella Otero», y casi todas están entretejidas con la leyenda que ella misma se fabricó para ocultar su amarga realidad.

Es el caso de un escritor tan riguroso como Carlos Fuentes, que en su obra «Cambio de piel» (1967), arrastra con cierto entusiasmo la versión fantástica de la vida de la Bella Otero cuando nos dice que Carolina Otero en realidad, se llamaba Agustina Iglesias y que había nacido en Cádiz. Siendo hija de una gitana bellísima, seducida por un noble oficial griego, y otras muchas anécdotas basadas en medias verdades.

Gonzalo Torrente también presenta a la Bella Otero en «La saga fuga» con el nombre de Lilaila, sirviendo en Pontevedra como fregona a la edad de 14 o 15 años, en casa de unas señoritas de Vilela, o acaso, más seguro, en casa del viejo y rijoso don Torcuato, que tendría a la niña como sirvienta «para todo». (Véase en La saga fuga de J. B. las dos versiones de Torrente, páginas 78 a 81).

Según la versión de Torrente, esta etapa de la Bella o Lilaila, terminó cuando un día en que fregaba las escaleras del portal de su señorito, mientras cantaba -todo lo hacía cantando aquella criatura- y «ofrecía al paseante el espectáculo sideral de sus posaderas, acometidas de un movimiento lento y perturbador», como exigía el fregoteo, acertó a pasar por allí el director de un circo que actuaba en la localidad y, fascinado por el encanto de la muchacha, sin darle tiempo ni lugar a cambiarse siquiera de ropa, la raptó, o sedujo, o convenció, el caso es que se la llevó sin que volviera a saberse nada de ella…

Actuación de «La Bella Otero»

De una forma o de otra, Agustina Otero, la pequeña aldeana y fregona, pasó a convertirse en Carolina Otero, la Bella Otero, símbolo rutilante de la belle époque, aquel tiempo de disipación, brillo y frivolidad, que preludiaba en su misma despreocupación, la gran tragedia de la I Guerra Mundial.

Tenemos que suponer que este salto no se da solamente con la belleza física, por extraordinaria que ésta sea, Carolina, debía de poseer también un talento natural notable, gracia, desenvoltura y una poderosa imaginación.

Según los críticos serios, no fue nunca una gran artista, ni cantaba bien ni sabía bailar; todo el éxito residía en su figura, en su persona, en su manera de moverse, como se puede apreciar en este vídeo, joya única que nos la muestra como era de verdad. 

La Bella Otero en el Ballet Nacional de España

Según la compañia Ballet Nacional de España:

«La Bella Otero puede ser considerado un ‘ballet operístico’ en el sentido amplio de la palabra. Es un espectáculo de gran formato, tanto por el número de bailarines como por el despliegue de vestuario, que recrea rigurosamente el mundo de la Belle Époque Parisien, y también por el desarrollo dramatúrgico de la historia.
Cuenta la intensa vida de una de las más famosas e influyentes bailarinas de finales del siglo XIX, Carolina Otero. Una mujer procedente de una aldea gallega que se inventó a sí misma a partir de un suceso trágico de su infancia. Utilizó a los hombres para ascender en su carrera artística y fue admirada por reyes de toda Europa, pero el único amor en cuyos brazos cayó fue el del juego.
La Bella Otero reflexiona sobre el maltrato, la ambición, el éxito, la incapacidad de amar y la soledad utilizando diferentes géneros, desde la danza española, que incluye el folclore y el flamenco, hasta la zarzuela.»

Este espectáculo fue estrenado en 2021 en el Teatro de la Zarzuela de Madrid y en 2022 en el Teatro Maestranza de Sevilla, al que tuve la oportunidad de asistir y disfrutar de tan magnífica obra de arte.

Según Rubén Olmo, Director del Ballet Nacional de España:

«La Bella Otero es la primera obra argumental que he creado y dirigido para el Ballet Nacional de España, desde mi nombramiento como director en 2019. El espíritu de los dos programas anteriores, Invocación y Centenario Antonio Ruiz Soler, era disfrutar de la danza española en todos sus estilos. En cambio, ahora he puesto la danza al servicio del argumento, para contar la vida de una mujer sorprendente, utilizando desde el folclore hasta la danza contemporánea. El estreno supone además, mi debut como director de la compañía en Madrid, tras la cancelación de las funciones previstas en el Teatro de la Zarzuela en el verano de 2020.
Es un espectáculo muy emotivo y también dramático, porque cuenta la historia de una mujer que se inventa sus orígenes para llegar a lo más alto, y terminar al final sola y olvidada. El dramaturgo Gregor Acuña-Pohl y yo hemos leído e investigado todo lo que se ha escrito sobre ella, incluidas sus memorias. También hemos buscado retratos para aprender sus poses, porque existen pocos testimonios filmados de su baile.

La música relata muy bien la vida de la Bella Otero y su época y es, sobre todo, muy emocional y pasional.

Manuel Busto, Agustín Diassera, Alejandro Cruz Benavides, Rarefolk, Diego Losada, Víctor Márquez, Enrique Bermúdez y Pau Vallet han compuesto la partitura original para la coreografía. Esta incluye diferentes estilos de danza, desde estilizada a flamenco, contemporánea y folclore, para conseguir una fusión que permita contar la historia de la Bella Otero.
El vestuario es otro de los elementos destacados de La Bella Otero. La diseñadora Yaiza Pinillos ha realizado un gran trabajo de investigación sobre la historia del vestuario en distintas épocas, para recrear, desde los trajes que llevaban los campesinos gallegos, hasta el estilo de la Belle Èpoque, o el gran espectáculo del Folies Bergère de París. Al transcurrir el argumento en tantos lugares diferentes, desde el Liceo de Barcelona, al casino de Montecarlo, o la corte del zar de Rusia, Eduardo Moreno, ha tenido que diseñar una escenografía polivalente, que diera paso tanto a escenas de exterior como de interior.
Para interpretar al personaje principal, elegí a Patricia Guerrero porque es una bailaora que desprende una gran fuerza en escena. Posee el mismo magnetismo que hizo grande a la Bella Otero. La conocía desde que fue mi alumna en Sevilla, formó parte de mi compañía después, y también la dirigí en el Ballet Flamenco de Andalucía. Hoy en día es una las figuras más relevantes del flamenco más vanguardista, y es un orgullo poder contar con ella. Así como con la maestra repetidora y ex primera bailarina del Ballet Nacional de España, Maribel Gallardo, que encarna a la protagonista, cuando está retirada de los escenarios. Además de bailarina, es una actriz maravillosa, que ha llevado muchísimos personajes a escena. Suyos son algunos de los momentos clave en la obra. Como en todos los proyectos que le he propuesto, se ha entregado a fondo con este personaje.

¿Por qué La Bella Otero?

Que una de las mujeres más famosas de su época fuera de un pueblo de Pontevedra, es lo que me atrajo de la historia de la Bella Otero. Me encontré con este personaje hace muchos años, antes de comenzar mi carrera como coreógrafo. Tenía muchas ganas de crear una coreografía sobre ella, pero sabía que tenía que ser con un gran ballet. Dirigir el Ballet Nacional de España me ha dado esa oportunidad, y creo que va a ser una obra muy importante.»

Para ver toda la información sobre esta composición del Ballet Nacional de España, se puede consultar el siguiente enlace.

A continuación se puede visualizar una muestra de La Bella Otero interpretada por el Ballet Nacional de España.

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